Mágico el sonido, de la cama que rechina, contra la pared y el suelo marca el ritmo de nuestro baile siniestro. Danza de nuevo que la vida me sigue, sentenciando mi muerte entre el abril y las hojas naranjas que ya caen.
Es un ángulo diferente desde donde ahora te veo, con la cabeza apoyada en la rosa, se te notan los ojos más abiertos y abultados; tus labios de fruta pierden figura, pero ahora los veo más cerca, con la provocación a ventaja. Es la sensación del deseo la que maneja mis impulsos; no soy yo esta noche, ni la luna, ni las estrellas, ni el vacío firmamento; soy sólo la pasión que quema entre sábanas y terciopelo árido de tu celo.
Con tus manos atadas, no siento el rasguñar de tus dedos filosos sobre mi espalda, pero a plenitud tengo, el cuerpo desnudo que anhelo. Cada noche es igual, sin hablar, ni escuchar te desvistes a mí, miras mis ojos callados y tocas suavemente la melena de mis cabellos; aún sin hablar, sólo respirando dudo. Perdido estoy sin tenerte siempre, al despertar no te encuentro con el tacto de mis manos; tampoco oler puedo, la fragancia de tu cuerpo, llana en mi mente, como la vibración canival de tu cuerpo.
No duermo ya nunca, esperando el receso obligatorio, entre un amor y otro envolvemos en besos nuestros cuerpos. Erizada tu piel cuando gritas, con la furia de los lobos hambrientos, recuerdo aún tu cintura y tu boca sedienta, con la virtud de la oración perpetua.
Un orgasmos más la vida nos pide, otro para encerrar entre las ventanas rotas y la habitación vacía; consentida la lluvia cesa, ya no tapa tu voz al viento. No conozco tu voz, sin ser obstáculo a nuestra sencilla bacanal, coloso el palpitar de tu pecho ardiente, fugaz el sonido de tu nariz al explotar.
Seguimos en nuestra labor ahora, pacientes del aura clara. Asta de virtud y vino, entre el algodón rosa de la morada, me marcho para que no esperes sin nada; me voy, no soporto sin tu sexo la almohada.





























